
Reportaje:
El Salto, saliendo de la marginalidad.
El Salto a iniciado su actividad en el barrio de La Recoleta con un servicio médico y un centro de apoyo a madres. Las nuevas instalaciones permiten ofrecer atención médica y diversos cursos de formación profesional: talleres de cocina, tapicería, artesanía, decoración y jardinería.
La Recoleta, que esta a los pies del cerro San Cristóbal, es un barrio donde hay unos 140 mil habitantes, de los cuales el 80% viven en condiciones de pobreza. Sus pobladores son trabajadores de clase social media-baja, con un salario medio un poco superior a los 125 mil pesos al mes por familia, casi siempre obtenido por el trabajo de dos personas.
“Con El Salto”, señala Juanita Arteaga, asistente social y directora del proyecto, “los habitantes de Recoleta y de otros emplazamientos de Santiago, tienen acceso a una extensa oferta de salud: medicina general, con consultas de enfermería y psicología, además de un programa de rehabilitación de alcoholismo y drogadicción. Junto a la salud, queremos dar capacitación laboral a través de talleres, cursos y clases de enseñanza básica para adultos.”
Asistencia médica.
Entre las nuevas instalaciones, destaca un policlínico, que atienden pediatras, ginecólogos y reumatólogos, los que cobra a precios acordes a la gente que atienden (según sus ingresos), por el que los pacientes tienen acceso a exámenes médicos, remedios y, si es necesario, radiografías y escaners.
Alcoholismo y atención mental.
El Salto también hay importantes esfuerzos en un programa de rehabilitación de personas alcohólicas y drogadictas. Por ejemplo en 2003 se llegó a tratar a 154 personas que tienen esos problemas. En este proyecto cada paciente es atendido por tres profesionales: un psiquiatra, una enfermera y una asistente social. Gracias a esta ayuda, un buen número de personas llevan ya doce años de abstinencia. Un señor de 72 años, que todavía trabaja como cargador en Mercado Central, el cual es un antiguo paciente de este programa. Dijo que: “Llevo casi 15 años sin beber alcohol, ni siquiera una cerveza. Mi historia comenzó a los 15 años. Íbamos a jugar a la pelota, y para refrescarnos tomábamos una bebida con vinito. Así surgió en mí el gusto por beber, cada vez más, y llegué a enfermar tanto que pensé que me iba a morir. Entonces mi mujer y mi nuera me trajeron a El Salto, donde un doctor me trató y me ayudó a poner remedio a mi problema. Doy gracias a Dios por esta suerte”. Por otra parte, gracias a un acuerdo con la Universidad de los Andes, El Salto ofrece servicios en el campo de la salud mental. Profesores y estudiantes de Psicología de esa universidad han establecido un “campo clínico permanente” en el que un psiquiatra, tres psicólogos y nueve alumnos del último año de la carrera ofrecen asistencia médica en materia de salud mental de niños y adultos. Algunos de ellos son pacientes crónicos de patologías serias cuya atención requiere tratamientos costosos que no están en condiciones de pagar.
Industrias Hogareñas.
El Salto alberga también una serie de talleres laborales donde se ofrece capacitación a mujeres. De este modo se ha fomentado la creación de pequeñas industrias domésticas que pretenden ser una ayuda económica importante para la familia. Los cursos desarrollados –de pintura, cocina, moda, principalmente- tienen varias utilidades. Además de dar una cultura, son un tiempo de entretenimiento, y en muchos casos cumplen con una función terapéutica.
Por: Raizap.

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