Sunday, October 16, 2005


Cronicas:

Confesiones de ludóptas: "Lo perdí absolutamente todo: me quedé en cero, pelado, sin nada"


La adicción patológica al juego es un problema bastante desconocido en Chile, aunque no ausente: cada vez son más quienes piden ayuda profesional ante el embrujo de los naipes, las ruletas, los dados, los tragamonedas. Al mismo tiempo, ha comenzado la evaluación de los proyectos para abrir diecisiete nuevos casinos en el país.
"Se podría decir que yo comencé en el juego cuando era niño, cuando me juntaba con mis amigos y familiares para puro entretenerme. Lo que quiero decir es que siempre he sentido atracción por jugar y, obviamente, por apostar, pero en ese tiempo era algo que podía manejar. Los problemas comenzaron en el momento en que mi adicción al alcohol se hizo muy fuerte y mis deseos de jugar me llevaron a los casinos, al juego compulsivo y a las apuestas con cifras totalmente desproporcionadas. En ese período me salí totalmente de control".Káiser no es un tipo locuaz, pero de todos modos está decidido a hablar sobre los doce años que pasó entre botellas, naipes y ruletas.

Káiser tiene 56 años, es flaco como el Quijote y no para de jugar con un grueso lápiz que tiene en las manos. "En los casinos uno no tiene límites: cuando vas ganando, quieres seguir ganando y no paras hasta perderlo todo o hasta que te cierran el salón; cuando pierdes, siempre crees que vas a recuperarte y el único freno te lo pone la casa al no darte más crédito", dice lentamente, apoyando los antebrazos en su amplio escritorio.De la noche a la mañana este ludópata fue empresario y llegó a contar entre su patrimonio un campo, varios caballos y una gran casa. "Tenía una vida bastante agradable, pero lo perdí absolutamente todo: quedé en cero, pelado, sin nada", afirmaba. La receta para tal derroche es simple: "Muchas veces llegaba a la hora en que abrían el casino y me quedaba hasta que apagaban las luces. En otras ocasiones alargaba mis estadías en Viña de Mar por dos o tres días, sólo para estar más tiempo jugando. Generalmente llegaba con algo de alcohol en el cuerpo y seguía bebiendo mientras jugaba black jack o ruleta. Las apuestas no resistían ningún análisis. Varias veces llegué a poner sobre la mesa veinte millones de pesos, lo que es una locura desde todo punto de vista".Así fue como el campo, la casa, los caballos y la vida comenzaron a írsele al cuerno. "A mis dos hijos menores les empezaron a faltar algunas cosas, no había plata para las matrículas de los colegios y tuvieron que vivir una situación muy afligida, restringida, de la que salieron adelante básicamente gracias a su madre. Eso es algo fuerte, que a uno se le queda y de lo que no es muy fácil hablar", admite .De esa manera, Káiser comenzó a demostrar un potente resentimiento en sus hijos y también terminó por terminar con su matrimonio. Al tiempo se casó por segunda vez y, como la familia ya no estaba cerca, el consumo de alcohol y su deseo incontrolable por jugar se acrecentaron de manera notoria. En consecuencia, el este segundo matrimonio se convirtió rápidamente en un segunda separacion. "Metido en esa dinámica yo iba derecho al fin, no sé cómo hubiera terminado, pero mis hijos se me acercaron un día para decirme que tenía que internarme. Así llegué a la clínica Flor de Maipo. Mis hijos fueron determinantes en mi decisión", reconoce. Al principio del tratamiento en un mal estado. "Mi caída fue tan grande, el golpe final fue tan duro, que al principio no pensaba en nada, era un ente. Después, a medida que me fui desintoxicando, me di cuenta de que el tratamiento era la única salida que tenía, mi única salvación. Darse cuenta de eso es muy fuerte, muy tremendo. Luego viene una etapa en que uno se castiga mucho. Es tal el impacto de enfrentarse a una situación así, que uno es muy drástico consigo mismo", afirma. Ya no va hace dos años y medio (por que salio del tratamiento) y entonces comenzó la etapa de la reconstrucción personal: ya no toma y, aunque ha visitado alguna vez el casino para acompañar a alguien, no ha vuelto a jugar. "La verdad es que ahora me lateo. El problema lo tengo controlado, pero debo tener claro que la enfermedad la voy a llevar conmigo siempre. No puedo decir que ya no soy un alcohólico o que ya no soy un ludópata. Debo vivir con ambas adicciones y mantenerlas vigiladas", se exige. También ha logrado armarse de una confortable oficina y, sentado detrás de su escritorio, parece que ha vuelto a tener algunas cosas bajo control. Sin embargo, todavía le quedan algunos lazos por consolidar. "Retomar la relación con mis hijos me ha ocupado mucho tiempo. Es cierto que ahora tenemos conversaciones más ricas, pero yo creo que ellos aún necesitan tiempo, porque recuperar la confianza en alguien es complicado", dice, y se pone de pie para mostrar una foto en la que aparecen sus cuatro hijos y sus nietos: "¿Ves? Aquí parecemos una familia de verdad".

Por: Raizap

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